jueves, 15 de noviembre de 2012

de sabor a alcohol y otras abundancias

Sed era todo lo que sentía, a medida que abría los ojos sentía un leve dolor de espalda y un ardor en la rodilla izquierda, su falda de tela floreada estaba bastante embarrada como para dejar las flores en el olvido al igual que su vida sentimental, decidió despertar del todo y al ver que se encontraba en el borde de una avenida de la ciudad, entre los pequeños arbustos, recordó su triste noche, cuando la ebriedad no le dejaba caminar lo suficiente para llegar a su habitación estudiantil, sin dinero, y siendo su única abundancia  el sabor a alcohol en su boca, que irónica la noche llena de gente para ofrecer licor y tal cual cacho de cualquier cosa, y al amanecer en la calle pensar que todos duermen tranquilos en sus respectivos hogares, tendrán una reprimenda de su madre, o por lo menos comida en el refrigerador, pero para ella, no había nada, solo la ciudad explayada ante sí y unos siete kilómetros por caminar antes de llegar a su cama. Al mismo estilo que hacía muchas cosas simplemente se levantó y emprendió a caminar sin mas, pues para los retos tomaba esta actitud de "no hay otra cosa que hacer, mientras lo pienso pierdo tiempo y demoro la llegada al objetivo".

Paso tras paso sus botas rojas se arrastraban por el asfalto, la yaga en su rodilla venía incluida con un hematoma y un dolor para hacer a esta atea pensar en la imagen del divino niño, el ruido de los autos a alta velocidad acompañados de gritos estúpidos de seres que dicen llamar hombres irrumpían en su adormecimiento, de pronto un auto se detiene de golpe y al bajar el vidrio lentamente le sonríe un moreno de ojos claro, y le invita a subir, finalmente el cansancio puede más que la razón, y aborda el vehículo,  se repite a sus adentros el color azul marino para poder dar una descripción si corre peligro, decide observar al hasta ahora buen intencionado hombre, mediana edad, algo infantil, pero con amplia sonrisa, quien saca de su chaqueta elegante un arma y espeta sin proveer que dará un gran susto a su pasajera, "tengo un arma y solo te la muestro porque hay otra en tu asiento y necesito que la muevas porque no tiene el seguro, soy guardaespaldas y estoy en la ciudad de visita, decidí llevarte porque eres una desamparada y no tienes como representar un amenaza para nadie, diría que el mundo ha sido una amenaza para tí", ella le miraba atónita mientras el hablaba y movía el arma como si fuera parte de su explicación.

- Ahora dame el arma que tienes al lado derecho en la cavidad de la puerta
Ella voltea bruscamente y ahí justo en ese momento sintió el dolor de cabeza que debió tener desde que despertó, tomo el arma y al entregársela le hizo un gesto de autoridad como dibujando una línea invisible de respeto, arqueando la ceja con mirada escudriñadora, le indicó la ruta y se sumió en el asiento en total silencio.

Al llegar huyó como quien corre de vergüenza, él baja rápidamente y la ataja en la puerta de su morada, le toma por el brazo y grita ¡vamos, no tienes nada ni nadie lo sé, te daré una vida llena de amor y alegría!

El silencio hace que ella piense que el está por dudarlo y soltar una risotada a manera de burla, "se burla de mi miseria" pensó, le abofeteó y entró a su habitación, viendo detalladamente el estado deplorable el lugar donde vivía, sin pintura, con ropa vieja y mal oliente, con madera podrida en la mesa abarrotada de libros, se acostó y alegó demencia... y hoy frente a este ordenador se pregunta si en realidad fue una broma.